martes, 14 de octubre de 2008

Y vos, Batman, ¿a qué te dedicás?

Estoy convencido que, cuando nos invitan a una fiesta, la mayoría de nosotros no dejamos de ilusionarnos y sentirnos contentos. Creo, sin duda, que nos encanta poder disfrutar de un buen momento como los que propone todo evento festivo: amigos, comida, un par de copas, buena música, etcétera.
Ahora bien, como todos sabemos, existen diversos tipos de fiestas. Las hay de casamientos, cumpleaños, empresariales, inauguraciones, aniversarios… por supuesto, no incluyo esa otra clase de “fiestitas” en que seguro varios de ustedes deben estar pensando mientras leen el post.
Agrego, además, que aquéllas se pueden desarrollar en diferentes ámbitos (departamentos, casas, una quinta, salones, restaurantes, discotecas, un viejo galpón... como estilan ciertos modernos en estos tiempos) y tener un sello que las distinga: de etiqueta, íntima, temática, familiar, de disfraces… y aquí me quiero detener: en las imbancables fiestas de disfraces.
Me encantaría -en realidad es un favor el que les pido- que alguien trate de explicarme qué le encuentra de simpáticas, graciosas o atrayentes a las fiestas de disfraces. En serio se los pregunto.
Qué tiene de divertido, por ejemplo, compartir la noche del viernes en la casa de tu jefe con un compañero de laburo -con quien durante la semana conviviste ocho horas diarias- pero en ese marco él disfrazado de "Hijitus" y vos del "Acertijo". Una depresión. ¿No sé si soy claro?
En realidad quisiera conocer cuál es el extraño mecanismo de acción que le genera a tantos mortales esa fascinación por concurrir a unas bodas de plata pero que antes te obliga a tener que bajar por el ascensor de tu casa y toparte, sin ponerte colorado y midiendo de no pincharles un ojo con el tridente de Neptuno- al matrimonio de psiquiatras que viven en el cuarto piso. Con qué cara los vas a mirar en la siguiente reunión de consorcio.
Es más; me estoy imaginando una ridícula charla entre dos adultos:
-María, sabés que tengo un amigo para presentarte…
-¡Uy, qué bueno! ¿Cómo es?
-Laburador pero un poco amargo y fastidioso
-¡Nooo, ni me lo presentes!… ¿Qué le puedo encontrar de seductor?
-¡Es que cuando se disfraza de Bob Esponja es copadísimo!
¿Van comprendiendo? Y no les cuento los gastos de producción. Algunos han invertido fortunas en alquilar ropa de gladiador cuando con el mismo dinero se compraban un saco igual a los que usa Tinelli... sí, ya sé que que existe gente piola que lo resuelve de un modo más creativo. Me ocurrió cuando hace poco me crucé con un colega que se dirigía a una fiesta de disfraces. Lo miré de arriba abajo y percibí que estaba vestido con un pantalón negro y una camisa blanca pero sólo llevaba arremangada una manga. Le pregunté, sorprendido, de qué se había disfrazado y el muy caradura me dijo: "De dador de sangre". Como ven, da para todo.
Aunque varios de ustedes estén pensando que yo soy un aburrido, considero que apetecer ese tipo de festejos me renueva el crédito a inferir en que vuestro aburrimiento es el nerviomotor del asunto.
Estimo que las clásicas reuniones donde uno, vestido apenas con un jean y una remera, puede socializar, conversar civilizadamente, tomar unos champagnes, y hasta bailar con normalidad -sin tener que colgarte de una ventana porque estás disfrazado del "Hombre Araña"- les resultan poco atractivas y tediosas en el histórico-social que vivimos.
Los escucho...

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