Sin duda, para mucha gente, viajar es uno de sus mayores placeres. El hecho de conocer geografías diferentes, ciudades extrañas, lugares exóticos y otras culturas, les genera una sensación de bienestar tan grande que sólo es comparable con aquella que sienten los "bosteros" cuando pierden las "gallinas" o las mujeres al organizar un té con amigas con el fin de criticar descarnadamente el vestuario de la esposa del socio de su marido.
Pero así como viajar es vivido por ellos con gozo, deleite o satisfacción, para muchas de estas personas, el tener que hacerlo en avión no les divierte tanto. Es así. Les encanta ir a EEUU, Europa u Oriente, pero si pudieran hacerlo en tren o en auto, sería muchísimo mejor y menos estresante.
Ya la tarde anterior al vuelo comienzan los inconvenientes. Comen poco porque todo alimento que prueban les cae mal, se sienten hinchados, el tránsito intestinal se les acelera entonces consumen más carbón que la parrilla Los Años Locos en la época menemista para evitar los otros viajes... los de la cama al baño durante toda la noche.
A la mañana siguiente, día de la partida, tienen palpitaciones y sudoración similares al de un ataque de pánico, maldicen que París esté a casi 11.000 km. de Villa Ballester, y se clavan un ansiolítico para hacer un poco de base como decía Charly en Dos cero uno.
Camino al aeropuerto están un poquito más tranquilos pues se dispersan hablando con algún pariente o amigo que se ofreció a llevarlos (esos que por dentro tienen una envidia inconmensurable pero al menos se aseguran un llavero con la Tour Eiffel fosforescente de regalo)
Ya en la cola del despacho de equipaje el runrun del nerviosismo acomete de nuevo. Abren y cierran catorce veces el bolso de mano, están seguros que se olvidaron algo importante, discuten a los gritos con el compañero de viaje, le rezan a San Benito de Lufthansa para que les toque pasillo en lugar de ventanilla, y se embocan el segundo tranquilizante del día.
Una vez dentro del avión, y luego de tratar de acomodar varias veces el maletín en los habitáculos superiores del asiento, se sientan duros como algarrobo y se ajustan el cinturón aunque falten veinte minutos para partir… no sea cosa que un ciclón les de vuelta el avión antes de decolar.
Le piden a la azafata un vaso de agua, revisan el bolsillo del respaldo del asiento de adelante, prenden y apagan las luces, mueven constantemente el difusor de la ventilación, suben y bajan la bandeja, revisan si está presente el salvavidas debajo del asiento, se persignan por enésima vez, llaman a la azafata para solicitarle los auriculares, la vuelven a torturar para preguntarle a qué hora supone que llegarán a destino y treinta segundos más tarde para conocer qué películas darán (ya bastante fastidiada a esa altura a la aeromoza le encantaría poder contestarle: Whisky Romeo Zulu, luego Fuerza Aérea S.A. y por último, Pánico en el aire)
La máquina comienza a moverse, se prepara para el decolaje, y este tipo de pasajeros llegan al instante de su mayor crisis. Es el momento en que se aferran al asiento clavándole las uñas, cierran los ojos, siguen rezándole a San Benito (y a todos los compañeros de colegio del santo también), no respiran, tienen ganas de gritar, tienen ganas de ir al baño, tienen ganas de bajarse… tienen ganas de MORIRSE.
Recién vuelven a la vida una vez que se apaga la luz de "Fasten Seat Belt" para volver a morir ante el primer pozo de aire.
Lo que les ocurre durante el resto del vuelo, si no pueden pegar un ojo porque ni el alprazolam ni las tres botellitas de vino que se tomaron con la primera comida hicieron efecto, es más o menos lo mismo que les conté antes, pero multiplicado por doce horas.
Por favor, manténganse en sus asientos hasta que el blog se detenga por completo y después cuenten sus experiencias.
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