jueves, 13 de marzo de 2008

segun pasan los años

Las bebidas y nosotros PasadoDurante la adolescencia -a mis primos y a mí- nuestros padres nos hicieron probar el vino común de mesa con soda; un brebaje apenas rosadito que a la mayoría nos pareció horrible. Eran tiempos en que las gaseosas no eran tan bien vistas en las casas. Sólo se consumía agua y, en el mejor de los casos, algún jugo de frutas.Ya un poco más grande, en los bailes, descubrí y comencé a tomar los famosos “tragos”. Yo prefería el whiscola, algunos de mis amigos optaban por el gin tonic, otros por el destornillador... que era preparado con jugo de naranja sintético y vodka (las chicas, a diferencia de las de hoy, no salían del Primavera sin alcohol) Cualquiera fuera la elección terminábamos hablando giladas y regresando a casa en falsa escuadra.En la época universitaria apareció -gracias a que el duque de Baviera, allá por el siglo XV, promulgara la ley de pureza- una compañera inseparable de muchas reuniones trasnochadas de idealismo y discursos banales: la cerveza. Algún visionario, también por aquellos años, me hizo probar algo fabuloso pero letal, la caipirinha.Llegando a los treinta el paladar forzó a reemplazar el vino berreta -botella de litro y tapa a rosca- por el “Vino Fino Tinto” (un poco menos berreta) que en esos tiempos se denominaban “Selección” o “Borgoña”. Recién años después aparecieron los varietales con sus nombres exóticos tales como “Merlot”, “Syrah”, “Pinot Noir”, Tannat “, etc., que hoy tanto abundan en el mercado.También fue la hora en que tuve que discernir entre la sidra y el champagne... me incliné por lo segundo. Además, en las noches de bares, le tomé el gustito al ristretto.PresenteHoy, transitando la quinta década, degusto unas tres copas de vino durante la cena y luego, nada mejor que saborear un buen whisky. De tanto en tanto un ron cubano, un tequila, o un fernet con Coca bien contundente. Eso sí, cortado o lágrima para evitar la acidez.FuturoA los cincuenta incorporaré, antes que nada, el agua mineral sin gas cosa de brindarle al estómago un bálsamo protector previo a la ingesta de alguna otra bebida. Si es vino, será de calidad para sortear la cefalea posterior; pero nunca más de dos copitas y en particular un malbec. El broche final podrá ser un lemoncello como “bajativo”.A los sesenta se hará frecuente un jerez antes de las comidas; durante la misma solamente una copa chica de buen tinto y para culminar un descafeinado. Muy de vez en cuando me animaré a una grapita.Con la llegada de los primeros setenta añitos de vida, lo más importante será el caldo desgrasado con poca sal, y la copa de vino será sutilmente reemplazada por un “primo hermano frutal”: un vaso de jugo de manzana. Té de hierbas para la digestión.A los ochenta la cosa es clarísima: mucho líquido para no deshidratarme, puede ser agua, puede ser terma; o bien, como uno ya estará curtido, podré mezclar tranquilo: terma con agua. El descafeinado lo suplantaré por un té con leche a las cinco de la tarde… eso sí, los médicos me dirán que tome todos los litros de agua que desee.A los noventa, no me voy a poner exigente, lo que traiga la enfermera para mí siempre estará bien... igual al ratito ni me voy a acordar qué tomé.
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Publicado por Gillespi el 13/03/2008

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